Hay un chiste que resume muy bien cómo funciona la industria alimentaria: las manzanas rojas son las más sanas hasta que un vendedor de manzanas amarillas compra un estudio para demostrar lo contrario.

El problema es que no es solo un chiste.

Durante décadas nos han dicho que la grasa era el enemigo, mientras el azúcar se colaba en casi todos los productos procesados sin que nadie lo mencionara. Nos han convencido de que los adultos necesitan beber leche de vaca para tener los huesos fuertes, algo que no hace ningún otro mamífero adulto en la naturaleza. Y el aceite de oliva refinado, esa mezcla de aceite bueno y malo que se vende como saludable, es solo un ejemplo más de cómo el marketing puede convertir algo mediocre en un producto de salud.

No se trata de conspiraciones. Se trata de dinero, de estudios financiados por la industria, de lobbies que influyen en las guías alimentarias y de consumidores que no tienen tiempo ni herramientas para distinguir la ciencia real del marketing disfrazado de ciencia.

En esta nota quiero explorar algunos de esos mitos, entender cómo se construyen y, sobre todo, entender a quién benefician.