Cada verano, cuando los montes arden, las redes sociales se llenan de la misma frase: “no nos dejan limpiar el monte”. Es una afirmación que suena a sentido común pero que esconde una visión bastante equivocada de cómo funciona un ecosistema forestal.
Lo primero que hay que aclarar es que limpiar el monte no está prohibido. La Gestión forestal, los desbroces, las podas y los cortafuegos no solo están permitidos sino que son necesarios. Lo que sí requieren es conocimiento y criterio técnico, porque un monte no es un jardín y tratarlo como tal puede causar más daño que bien.
El monte tiene su propia lógica. Durante siglos se ha gestionado de forma natural a través de la ganadería extensiva, el pastoreo, la recogida de leña y el uso humano del territorio. Ese equilibrio no era perfecto, pero funcionaba. Cuando ese tejido desaparece por el abandono rural, el monte queda sin cuidar, y dejarlo sin cuidar tampoco es una opción. La biomasa se acumula, la vegetación se densifica y los incendios, cuando llegan, son mucho más difíciles de controlar.
Pero al otro extremo está el error igualmente grave de quitar masa forestal sin sentido. No todo el monte es combustible peligroso. Un bosque diverso, con distintas especies, distintas alturas y distintas edades, es mucho más resiliente al fuego que un monocultivo forestal de pinos o eucaliptos plantados en hileras. Estos últimos, por su constitución y por la cantidad de resinas y aceites que contienen, son especialmente propensos a propagar los incendios de forma rápida y violenta.
El problema no es el monte. Es que llevamos décadas sin conocerlo, sin habitarlo y sin gestionarlo con criterio. Y pretender resolver eso con una motosierra y buenas intenciones no funciona.
En esta nota quiero explorar qué hay de verdad y qué hay de mito en el debate sobre los incendios forestales, desde la Gestión forestal, el abandono rural y el papel real del fuego en los Ecosistemas mediterráneos. Cambio climático